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Cambiar de piel

Tejamos una nueva narrativa juntas, lejos del ruido, entre casa.


Hace poco más de un año, me regalé unas vacaciones en España. Era mi primer viaje sola tan largo, con miles de sentimientos a flor de piel tomé la decisión y saqué el pasaje. Mi interior saltaba de felicidad y a la vez se moría de miedo.


Lo que no sabía hasta ese momento, era que ese viaje no se iba a quedar solo en unas vacaciones, iba a ser un portal para que empezara a tomar algunas de las decisiones más importantes de mi vida.


Me regalé una semana en Mallorca, mi primera vez en ese lugar. Como poner en palabras lo que sentí cuando llegué y empecé a recorrer la isla...

Decir que me enamoré se queda corto y me empalaga tanto leerlo que mi lado más sarcástico, me dice: “¿De verdad?”. Pero la realidad es esta, fue como si me hubiera fundido con el lugar y cada día que pasaba me sentía más tranquila, más en mi, más presente.


No creo en la casualidades y el concepto de causalidad cada vez me resuena más. Pasaron muchas cosas en ese viaje, sobre todo a nivel interno. Muchas de las cuales no fui consciente hasta tiempo después.

La vuelta a Uruguay fue rara, tenía ese sentimiento de felicidad y plenitud a flor de piel, mi interior en loop repitiendo “Ese es tu lugar.”, y a su vez la -vida real- estallándome en la cara, el ego y el miedo bombardeándome a frases del tipo:


“Tenés todo lo que quisiste durante años, un buen trabajo, casa propia, independencia, ni lo pienses, estás loca”, “¿Vas a tirar toda la estabilidad que te costó tanto conseguir?”, “¿Te vas a alejar de tu familia y amigos?”.


Estas conversaciones estuvieron en mi cabeza durante meses, decisiones que me parecían imposibles de tomar empezaron a ser ecos imposibles de callar. Sabía que para ir por eso que tanto quería iba a tener que dejar cosas atrás y me angustiaba, me moría de miedo y la incertidumbre me daba PÁNICO.


En primer lugar, sabía que si me quería ir a vivir a España tenía que ahorrar, la primer decisión fue dejar mi apartamento en Montevideo y mudarme a la casa de veraneo de mis padres en El Pinar.

De pasar de vivir en 21 y Bvr. a El Pinar es un cambio bastante grande como se imaginarán, más con 29 años, sin auto y toda mi vida y rutina en Montevideo. Pero me encontré sin querer queriendo mucho más alineada y feliz en este lugar. Lo que veía como un “sacrificio” terminó siendo un regalo.


El próximo gran paso era sacar el bendito pasaje de ida, era EL paso y para eso tenía que decidir a dónde quería irme. Estuve dando vueltas entre Madrid y Barcelona los primeros meses, pero había algo que no me terminaba de cuadrar.


Y un día me hice la pregunta (si, soy de hablar mucho conmigo misma), “Para, ¿A dónde realmente te irías a vivir si supieras que todo va a salir bien?”. Automáticamente: “A una casa de piedra con puertas y ventanas de colores, una Santa Rita en la puerta y un balcón que de al Mediterráneo y del otro lado pueda ver la Sierra Tramontana”.

En ese momento mi ego gritó: “No pedís nada querida, todo no se puede.” Yo automáticamente: pensamiento de mi*rda bloqueado.


Me dije, si la voy a hacer la voy a hacer bien aunque eso me de más miedo; y en ese momento lo obvio terminó de explotarme en la cara, Mallorca era a dónde quería ir.

Hasta que no saqué el pasaje de ida (nueve meses después), mi entorno me creía a medias y loca, ojo, durante varios meses hasta yo misma lo creía.


Nunca me voy a olvidar de lo que sentí cuando lo saqué, lloré lo que en años, esa mezcla de felicidad, orgullo y un miedo que me invadía pero me emocionaba lo que nunca nada me emocionó en la vida.


Ya era una realidad. Decidí renunciar a mi trabajo de dependencia en una multinacional, ya ni la plata podía compensar el hecho de que ya no resonaba conmigo. (Otra decisión difícil, imagínense mi familia y amigos cuando les conté las nuevas noticias, si ya creían que estaba media loca, para ellos fue la confirmación).


Viviendo sola en El Pinar, aislada de lo que siempre había conocido, “desempleada” y con un viaje de ida a Mallorca en unos meses. Me tuve que volver a presentar: “Hola, soy Ana, acabo de cumplir 30 años, me estoy haciendo cargo de mi vida, mis deseos, mis sueños y actuando en consecuencia.” La mayoría respondía con silencio…

Y ahí volvieron los consejos, las inseguridades, el miedo “¿Es tremendo trabajo, pensalo bien.” “¿De qué vas a vivir si lo dejas?” “¿Dónde vas a encontrar un trabajo mejor?”.


Qué difícil… Aceptar los comentarios con cariño sabiendo que lo decían por mi bien y responder desde el amor, fue un trabajo intenso y duro para mi, sobre todo porque nunca me caractericé por ser la más amorosa en palabras. Y por sobre todas las cosas, no dejar que los miedos de los demás se adueñaran de mi.

En seis meses me voy a vivir a Mallorca, tengo un pasaje de ida, cero certezas, cero control y la confianza y seguridad de que es lo que tiene que ser y todo se va a ir dando.


Todavía no sé dónde voy a vivir, ni qué voy a hacer. Me voy a construir y deconstruir, con una visión clara, sueños que cada vez son más reales y a darme el permiso de por fin vivir de mi arte.


No tener idea de en que se va a convertir mi vida es lo que más miedo me da, no les voy a mentir, pero también lo que más me emociona. Darle lugar a lo inimaginable, con la certeza de que es hacia dónde quiero ir, abriéndome a la vida misma, a mi, a conocerme cada vez más y darme el permiso para ir sacando todas esas capas que ya no forman parte de mi.


Darle espacio a lo nuevo, dejarme sorprender y empezar a tejer una nueva narrativa. Una mucho más auténtica, sincera e íntima.


Si llegaste hasta acá, te invito a que seas parte de mi viaje.

Ana.



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