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Vacío fértil



Hace exactamente un año atrás, dejé mi casa.


La que me anidó durante treinta años.


Aquella tierra que se convirtió en hogar para mi bisabuela Saladina, hace más de 90 años atrás cuando emigró de España a Uruguay, la fui viendo quedar atrás mientras el AirEuropa tomaba vuelo.


Me despedí de todo y todos desde el aire.


Solo quería subirme a ese avión y llegar a la isla.


Isla que había pisado solo una vez durante 6 días y se metió en mi.



Probablemente si alguien me hubiera contado como iban a ser las cosas, nunca me hubiera venido.


Agradezco mi inconsciencia.


En un año me pasaron más cosas que en treinta años de vida en Uruguay.


El tiempo empezó a correr distinto, todo era nuevo, incómodo, agotador.


Apareció la resistencia.


Hubo meses en los que me sentía en medio de un tornado que me revolcaba y me daba contra todo y yo sin poder hacer nada.


A veces se calmaba y quedaba en pausa, intentaba levantarme y desesperada volver a algo que se sintiera conocido, pero tarde o temprano volvía a lo mismo.


Hasta que entendí que tenía que dejar de buscarme dónde ya no estaba.


La vida y la Ana como la conocía no iban a volver más.


Yo había elegido dejarlas y me tenía que hacer cargo de una vez por todas.


Me sigo vaciando, vaciando de mi.


De partes de mi que no me pertenecían, de cuentos que me contaba sobre mi misma y que son solo eso, cuentos; de etiquetas que me pusieron y me puse que ya no resuenan conmigo.


De una cosa estoy segura, haberme traído hasta acá es uno de los regalos más increíbles que me pude hacer en la vida.


Ana.

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